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miércoles, 9 de junio de 2010

Suelto por Toledo


Había pensado escribir sobre Toledo, simplemente porque acabo de pasar allí un fin de semana muy agradable, pero no sé que hay mucho que pueda decir que no se sepa ya. Que es una ciudad bella, con calles y plazuelas fascinantes, edificios de gran belleza, cada uno con su lugar importante en la historia; que su río es precioso, desde arriba y desde abajo, y el paseo por sus orillas ofrece una paz al espíritu que merece por sí sola el viaje.

Pero todo esto es bien sabido, así que me limito a poner una serie de fotos, y quien quiera saber un poco más puede leer esto.

sábado, 15 de mayo de 2010

De La Nieve Soy

Frío claro, seco, con luz blanca, pura, y una capa gruesa de nieve que cubría todo. Así eran los días de su juventud. Los que más añoraba. Los que más le dolían cuando pensaba que no los volvería a ver. En algún lugar del mundo aún había días así. En su tierra, en aquel mismo momento, a lo mejor hacía un día así. Santos hubiera dado la poca vida que le quedaba por estar allí y vivir un día más de aquello. De los días de verdad. Pero le había tocado morir en una playa del Caribe con un calor asfixiante y un sol que quemaba y un cielo azul borroso que le cegaba la vista, y con los pulmones llenos de agua y arena y aire caliente.

“¿Hoy no lo toma con miel, Don Santos?”

“Pues no, Johnny, hoy no tengo ganas de adornos. Que venga solo y fresco.” Resopló de forma dramática, como quien justifica su elección mecánicamente.

“Como Dios lo hizo, Don Santos, y nada más.” El camarero hablaba por hablar. Santos no era un cliente más; habían compartido tanto tiempo y tantas experiencias dulces y amargas que tenía un tono especial para él, pero daba la razón a todos, dijeran lo que dijeran, y tenía el mismo interés en lo que tomaba Santos como éste había puesto en elegirlo. Los dos cumplían normas, hacían su papel.

Johnny llamaba de Don a todos los habituales de cierta edad. Cuanto mejor los conocía cuanto más formal el trato. Así se evitaban las confianzas y se cobraba mejor. Sólo dejaba a cuenta a los que siempre pagaban, y sólo invitaba cuando sabía que el cliente se iba a marchar irremediablemente. Era el mejor amigo de todos.

“Hace mucho calor, Johnny. Pronto tendré que irme a casa. no lo soporto.”

“¿No se baña, Don Santos? Doña Ana le llevaba al agua cuando se le ponía la cara así, y hacía muy bien. Por eso la tenemos aquí tan cerca.” Johnny siempre tenía vasos que limpiar, por muy vacío que estuviese el chiringuito, quizá por la forma tan lenta e intensa que tenía de pasar el trapo, y así no tuvo que mirarle a la cara a nadie salvo para recordar las deudas.

“No me gusta bañarme, Johnny. Nunca me ha gustado, lo hacía por ella.”

“Y le sentaba bien, Don Santos, no me diga que no.”

“Pero ya no es lo mismo, Johnny. ¿Para qué me quiero sentir bien?”

“Para no sentirse mal, tal vez. Mucha gente lo hace.”

Hacía treinta años que había conocido a Ana y se había enamorado. Locamente. Ella había insistido en que dejara de trabajar. Le importó poco a Santos. Tenía poca ambición. Pero Ana había querido ir a una playa caribeña, y vivir un verano interminable. Había perdido a sus padres y encontrado al amor de su vida, y tenía medios para realizar su sueño. Santos no tenía familia pero la idea de canjear Helsinki, a donde había llegado en su búsqueda del invierno perfecto, y donde estaba Ana de paso cuando se conocieron, por el calor eterno de este lugar tropical le repugnaba.

Aceptó, por amor, y a pesar de lo que sufrió no se arrepintió de hacerla feliz. Una vez al año, en enero o febrero, pasaban quince días en Canada o el norte de Europa, y una vez en los montes del Tíbet y Santos revivía mientras su mujer tiritaba, pero siempre volvieron a su casa de la playa, y a Santos no le importaba.

Pero hacía diez años que la salud de Ana no les dejaba viajar más que unos kilómetros hacia el interior hasta que la humedad y los mosquitos les paraban, y hacía cinco que Ana había fallecido, dejándole a su marido sólo en el mundo, con medios para ir a donde quisiera y un cuerpo desgastado que no se lo permitía.

“Hay amores que matan, Johnny, sabes que lo dicen en mi tierra. El sol la secó y el agua la mató. Con lo que amaba ambas cosas.”

“Perdone que lo diga, Don Santos, pero el agua le ahorró mucho sufrimiento. Hay que tenerlo en cuenta. Fue una bendición.” El camarero estaba restregando la otra punta de la barra, mirando el horizonte, y sus últimas palabras casi se las lleva la brisa.

“¿Lo comprendes, verdad, Johnny? Muchos no lo harían. Murió arropada por lo que más quería. Y no se enteró. Prometo que no. Mejor así, ¿verdad? Mejor así que tenerla y verla quedarse poco a poco en nada. Prefiero que fuera así.”

“Hace Vd. muy bien, Don Santos. No lo dude.”

“Pero no puedo volver al agua. Me hace pensar muchas cosas. Además, ya es tarde para que me socorra el agua. Me va a tocar esperar. Lo que Dios quiera.” También dirigió la vista hacia el mar, mirando sin ver.

“¿A qué estamos, Johnny? ¿Al 31?. Mañana, en alguna parte, comienza otro año. Aquí no. Aquí ya no cambia nada, ¿verdad?, Johnny. ¿Sabes que en mi tierra ahora está nevando, y sopla un viento del norte que te corta la cara? Qué tiempos.”

“Y ¿cuál es su tierra, Don Santos?”

“Soy del hielo, Johnny, de la nieve y el frío. Me crié entre peñas blancas y cielos tordos. El sol era una cosa que creábamos con el alma, y era más bonito que éste. El de aquí no se puede ni mirar. ¿Quién sabe si es bello o no? Sólo aflige.”

“A mucha gente le gusta, Don Santos. ¿Se ha fijado Vd?”

“Mucha gente sólo sabe sufrir, Johnny. Sólo sabe morir. Yo he sabido vivir, no lo olvides. Pero ahora soy viejo, Johnny. Viejo y débil, y no tiene remedio ya.”

“Todo esto, Don Santos, todo aquello, ¿ha merecido la pena?”

“Creo que sí, Johnny. Me gustaría creer que sí.”

miércoles, 21 de abril de 2010

De Vías Verdes y Vías Viejas

La vía verde es el pulmón de la ciudad. Y mucho más. Con tanto movimiento de personas por el mundo en los últimos años, hay quien se preocupa por la integración. Aquí, estoy convencido, la integración pasa por la vía verde.

Es una curiosidad, esta vía verde nuestra. La vía del tren era de todos, ya que Renfe es empresa pública, pero no es normal que un bien- sea terreno, edificios, empresas, dinero o poder- sea devuelto a sus verdaderos dueños cuando los que se creen que es suyo hayan terminado de usarlo. Pero esto es lo que ha pasado con el comienzo de la vieja vía de Puertollano, fue puesta a disposición de sus dueños, o por lo menos, de aquellos que viven cerca y disfrutan de un paseo por el campo.

Y son muchos. Cualquier mañana te cruzas con gente, y en un domingo que haga bueno aquello se convierte en la M30 en hora punta. Si das una vuelta por la Plaza Mayor a la hora de las cañas en fin de semana podrás saludar a la mitad de tus amigos y conocidos. Para ver la otra mitad, vete a hacer footing por la vía verde. Es un club social, un punto de encuentro alargado y fluido. Un Facebook para los que prefieren el sol a la informática.

Y allí está todo el mundo, pero lo que es todo el mundo. Viejetes entrajetados se compran zapatillas y dan pasos tambaleantes con ayuda de un bastan porque el médico ha dicho que así bajan el azúcar. Señoras muy señoras entradas en años se compran un chándal de color y se dejan ver por allí porque con la crisis no tienen para pasar la mañana en la pelu y además así lucen el MP3 que les han regalado.

Sudamericanas preocupadas por el ancho de sus caderas, musulmanas gordas con velo que quieren bajar la tensión sanguínea, chinos jóvenes andando rápido, charlando de manera animada entre sí, rusos y rumanos practicando un footing bastante serio mientras hablan de cualquier cosa que se les ocurra. Grupos inverosímiles de jóvenes que salen juntos, cuando es obvio que la mayoría no ha corrido en su vida. Parejas en las que la chica ha convencido al chico para que le acompañe, para evitar el aburrimiento o para que se cuide un poco, o el chico ha animado a la chica y ahora se arrepiente viendo como arrastra los pies y no le deja coger ritmo. Parejas de mujeres de cierta edad en animado e interminable cotilleo, siseando con cabezas inclinadas hacia sí detalles de la vida de una lista aparentemente inagotable de familiares, conocidos y personajillos de televisión. Gran seriedad en su andar y en su hablar.

Los hay que son todo codos, o todo rodillas, o todo tobillos, los que echan los pies hacia los lados de forma irregular y peligrosa, los que lanzan esputo con cada paso que dan, los que se ponen rojos como tomates en cuanto empiezan a correr, sus camisetas chorreando sudor que comparten generosamente con todo el que pasa a su lado.

Dicen que correr despeja la mente porque es imposible preocuparse por nada mientras corres, y ves las cosas con claridad y ecuanimidad. Esto no es del todo cierto, dado que la preocupación principal que tiene el corredor es cuándo le va a dar el infarto. Pero aparte de esto, se puede buscar un estado zen en el constante batir de los pies en el suelo, y el rugido de la sangre en los oídos.

No faltan caminos por aquí. El caminante puede ir casi a cualquier parte, cualquier pueblo, pedanía, cortijo, monumento, río, cerro o valle por caminos, sin pisar el asfalto. La red de sendas que ha existido desde siempre ha sido en gran parte expropiado por el gobierno y engullido por el automóvil, pero queda lo suficiente para que el paseante disfrute del paisaje. Ni siquiera es la vía verde la única antigua vía de tren por aquí que sigue siendo camino público. En 1931 desviaron la vía vieja para que pasara al este de la ciudad en vez de al oeste. Entraba por lo que ahora es el parque de Gasset, (la vieja estación sigue allí. Iban a hacer un museo del ferrocarril en la provincia, pero alguien cambió de idea. La usan los jardineros para guardar sus herramientas. Una pena. Y han hecho un museo del Quijote, una solemne estupidez, pero por lo visto atrae a los turistas. Serán los viejetes que llevan por allí en autobús y pastorean como ganado. No creo que vean nada ni les importa, pero mientras pagan…) seguía la Ronda, y salía por el cementerio. A partir de allí, y hasta la Atalaya, donde comenzó el desvío, sigue siendo un camino, y hay todavía un par de edificios, ahora casas, que eran almacenes de la Renfe en aquellos tiempos.

A partir de la Atalaya, hasta más allá del río, se puede ver los terraplenes que llevaban la vía anterior a la del Ave, en algunos puntos donde se separa de ésta, pero la construcción del campo de golf ya dificulta el acceso, y va destruyendo lo restante.

Pero donde se ve a todo el mundo es en la vía verde. Entre las muchas categorías y tipos de viaverdista hay varias maneras de dividirlos a grandes rasgos en dos clases principales: se puede contratar los que andan con los que corren; los que están en forma, o aspiran a ello, con los que sólo pretenden no engordar más o no morirse pronto; los que van solos y a su aire, con los cascos puestos y la vista fija en el horizonte, de los que lo conciben como acto social, a realizarse forzosamente en grupo; a los que motivan y se motivan de los que reciben motivación, a veces a pesar suyo; y, y es una distinción importante, los que llegan hasta el puente con los que van más allá. Más allá del puente es otro mundo, con otra gente, otra fauna.

Hasta el puente sólo se ve el puente. No sólo sirve como meta al víaverdista de esta clase, también es un límite, un gran cierre que cruza el horizonte cada vez menos lejano y limita el camino, el mundo y la imaginación del caminante. Llegado al límite, se para. ¿Cómo no, si es el fin?

Pero el que es capaz de concebir algo más allá de los límites sigue andando o corriendo, pasa debajo del puente, rompe el muro, y de repente no tiene límites, el mundo se abre ante él cual alfombra de esas que tiras de un lado del rollo y se van al quinto pino cubriendo el suelo para que ande alguna actriz o politicucho sin riesgo de que se le confunda con una persona cualquiera.

En fin, que más allá del puente se puede andar o correr sin metas, sin límites, se puede inventar otras formas de ver el mundo y de hacer ejercicio, se puede llegar al río, al aeropuerto, a varios pueblos, a algún cerro, y divagar por kilómetros y kilómetros de caminos, de cultivos, de terrenos, de tierras, de vistas y cortijos. De posibilidades, es decir, hasta que el cuerpo y la mente no puedan más.

sábado, 23 de enero de 2010

El Rata

"Una vez fue humano, y ahora era dueño de unos metros cuadrados de un túnel bajo las calles de Londres. Era suyo porque no lo quería nadie. La estación más cercana había cerrado antes de que naciera y años después habían sellado el túnel para que no se inundara. El sellado falló, pero el agua no quiso entrar y se convirtió en el refugio de uno que no podía tener otra cosa. Su vida, que antes había carecido de propósito, se llenó de la preocupación de defender su casa de los que se la querían quitar. No sabía quienes eran, ni porque la iban a querer, pero temía, y desesperaba, y pasaba gran parte de su vida escuchando.

El que escuchaba no tenía nombre, si por eso se entiende identidad. Él no pensaba en qué era, y los demás no lo veían nunca. No se escondía exactamente, pero su casa, lo que había convertido en casa, estaba tan oscura y apartada que era rarísimo que nadie penetrase hasta allí.

...

No sabía donde estaba, no era capaz de ubicar su mundo en el mundo de los demás que una vez había conocido. No sabía que la calle donde vivía, bajo la que vivía, se llamaba Curtis Grove, ni que la estación que la había servido setenta años antes era un restaurante indio de cierto renombre. Salía de madrugada a recoger y guardar las sobras que tiraban cada noche en un callejón oscuro, sin saber que compartía mantel con actores y periodistas y políticos, y mucha gente más anónima pero muy variada, y de saberlo no habría comprendido la importancia ni del hecho ni de la gente.

...

Cuando encontraba botellas- no siempre las tiraban allí,-juntaba las gotas restantes de todas en una de ellas y así se daba el gusto de un trago de vino o coñac para calentar sus entrañas. Agua se filtraba constantemente por el techo del túnel y sabía donde ponerse para recoger un hilo amargo con la lengua. La sed le atormentaba siempre, y el agua no la aliviaba, así que sólo bebía cuando se le ocurrió hacerlo, como una rata en su jaula.

Escuchaba porque había qué oír. A la oscuridad no la acompañaba el silencio.

Muchos de los sonidos le eran familiares- le acompañaban casi siempre, eran la banda sonora de su existencia, de su paso por el mundo que no se podía llamar vida, si vivir es ser consciente de lo que es y lo que puede ser, sentir lo bueno y lo malo, aspirar a más, soñar y reír, tener ganas espontáneas de conocer lo que se percibe y experimenta. Nada de esto ocurría en la cabeza ni el corazón del hombre. Sólo existía.

No le gustaban los ruidos, por muy familiares que fueran, y por mucho que conociera su procedencia y supiera que no representaba ningún peligro. No razonaba y todo lo que existía, dentro y fuera de sí, le afectaba y por eso le daba miedo. Sin control alguno sobre el mundo, ni siquiera sobre la pequeña parte que le dejaban habitar porque no la quería nadie, ni siquiera, ni siquiera sobre su propio cuerpo o su propia mente, todo lo que hacía el mundo podía suponerle algún peligro. Sólo la oscuridad y el silencio le tranquilizaban, porque no eran nada.

Sonaba constantemente el correteo de las ratas y las cucarachas, el mordisquear de innumerables criaturas pequeñas que vivían como él, cubiertas de inmundicia y nutriéndose de los despojos que rechazaban los que viven por derecho propio. Como estas, no analizaba su existencia, la aceptaba porque era así. No se planteaba otra cosa, y no se planteaba el no existir. Si su existencia parecía no merecer la pena, es poco probable que fuera capaz de concebir y contemplar su propia mortalidad. El miedo que sentía, un pavor constante, tenía que ver con su ser, no su posible no-ser.

No sentía ningún tipo de compañerismo con las criaturas que compartían su mundo, no eran amigos para él. En sí no eran enemigos tampoco, pero cuando se movían él no sabía qué pretendían, qué le podían hacer si quisieran. Estaban, y no le gustaba.

El agua que le sostenía llegaba filtrada por la roca que le protegía; buscaba grietas y se colaba por ellas, siguiendo unas normas consagradas por ser más viejas que el mundo, y tronaba su gotear e insidiaba su fluir. Caía sobre el duro suelo y las zonas de telas y trapos y basura y comida podrida que aún no se habían llevado las ratas. Y penetraba eternamente en el oído del hombre y le angustiaba.

Cuando caminaba las botas que llevaban media vida en sus pies hacían ruidos sordos que como todo retumbaban en el túnel, y que no podía acallar. Procuraba moverse con cuidado y pisar con suavidad pero le molestaba y decepcionaba siempre la agresión sensoria que tenía que sufrir al desplazarse. Lo hacía con una torpeza que le llevaba a rastrear las suelas contra el cemento y chocar con las puntas con todo lo que había cerca de su camino. Nunca sabía dónde estaba nada, dónde había dejado la comida, los trapos, los trastos y demás objetos que bajaba a su guarida, por dónde quedaban los otros túneles, dónde estaba el borde del andén, el límite de su mundo, qué había en los viejos raíles, donde no bajaba nunca. No sabía que las vías ya no estaban, que se arrancaron para las fábricas de armas durante la guerra, pero apenas era consciente de qué había sido el lugar que era su casa y no se imaginaba raíles, sólo sabía que existía un borde y que se podía caer. Tropezaba con todo, se daba golpes en la cabeza y se los volvía a dar porque no se acordaba de dónde se había dado, encontraba cosas que creía perdidas y se olvidaba al momento de dónde estaban y hasta de que una vez las había tenido. Localizaba el agua por el toc, toc, del goteo, o por sentir su humedad. Lo único que situaba siempre era la salida a la calle, que quedó grabada en su mermada memoria por una rareza de esas que gasta la mente humana.

...

No buscaba paz exactamente, a pesar de ser consciente de que no la tenía. No era capaz de imaginar que las cosas fueran de otra manera, sólo sabía que no le gustaba como eran. No le gustaba casi nada de las circunstancias de su existencia, pero había perdido la facultad de aspirar; sólo sabía sufrir.

Habituado a todo, lo aceptaba todo, su único placer el sentirse dueño de su porción de túnel.

Y se lo querían arrebatar. Estaba convencido de esto por el tren que a veces pasaba, veloz y ruidoso, llenando el túnel de luces que le desorientaban y corrientes que levantaban todos los restos de vida que tenía a su lado y los hacían saltar y girar, hasta que el trepidante claqueteo se perdía a la vuelta de la lejana curva. Pasaba el tren, a veces cada muchos días, a veces cada pocos, a cualquier hora, normalmente cuando tenía gran deseo de refugiarse en el sueño y no podía, y la ansiedad se apoderaba de él más fuerte. Nunca paraba, y en el andén no lo esperaba nadie, pero lo interpretaba como señal de que no le concedían título pleno sobre su casa; el tren pasaba para advertirle que aún podían hacerlo si querían.

Era siempre el mismo tren; siempre de seis vagones, con una pintada, más bien un garabato grande, en el lateral del segundo que le recordaba, no sabía por qué, los rasgos de la cara de su madre, que sólo tenía existencia ya en la mente de su hijo, y sólo en aquellos instantes. Las luces del quinto vagón estaban fundidas, a pesar de lo cual viajaba en él siempre un hombre gris de mediana edad, que observaba ansioso las puertas como si temiera que entrara otro. El maquinista llevaba una gorra bordado en oro como un capitán de marina, y era gordo y no sonreía.

Todo estos detalles divisaba el hombre al pasar el tren, lo veía todo con claridad y nunca cambiaba nada. Y en el cuarto vagón el mismo hombre estrangulaba eternamente a la misma mujer, contemplado por dos chicas jóvenes cuyas caras registraban algo entre horror y placer. Le desconcertaban más las expresiones de las chicas que la suerte de la mujer; sentía que el horror era para él, y el goce para el acto que presenciaban. Cuando el tren se alejaba tomando la curva se oía siempre el mismo grito, alto, roto, lleno de terror, y no sabía si una de las chicas reaccionaba al crimen o si la mujer se había librado momentáneamente de las manos que la sujetaban..."

viernes, 27 de noviembre de 2009

Advocatus Domini Mei

Subido a la torre de su iglesia, Damián contempló la ciudad a sus pies y la tierra que se perdía en la lejanía hasta llegar al borde del mundo. Le interesaba el mundo que habitaba, con toda su belleza y su fealdad, pero le importaba poco. Su destino era el cielo. Era azul aquel día, casi blanco. Por eso subía allí cuando hacía bueno, para estar más cerca. No se creía, cuando lo pensaba a fondo, que estuviera más a la vista de Dios allí que abajo, no se creía que Dios le haría más caso por subir unas escalones, pero dar ciento trece pasos verticales para hablar con Dios cuando no tenía que hacerlo era una expresión más de su bondad, una prueba muy inmediata. Sí se imaginaba que le era más fácil centrarse en la tarea de enseñarle a Dios todo lo que hacía por Él, adelantándose al momento final, y evitando la necesidad de defender sus actos. Estaba dispuesto, incluso preparado, para responder a críticas cuando estuvieran cara a cara, pero era consciente de que le faltaba aún la perfección, y agradecía que el señor no tuviera turno de réplica.

...


Había ensayado tantas veces las frases que le salieron como quiso, a pesar de su pavor y estupor, a pesar de lo inesperado del ataque de Dios, a pesar de no saber a quién dirigirse, a

pesar de no manejar su cuerpo para hacer los gestos que había planeado. Sabía que había comenzado bien. Y volvió a sentir el pensamiento de Dios:

NO ME HAS AMADO

HAS DESPRECIADO MI CREACIÓN HAS ABORRECIDO MIS CRIATURAS EGOCÉNTRICO Y MISERABLE NO TE CONOZCO

“Señor, soy tu siervo fiel, tu hijo Damián que te ha servido toda la vida. Te he amado más que a mi mismo, sólo he buscado a ti. He renunciado a todos los placeres de la vida por tu causa. He hecho siempre lo que tú deseabas. He seguido en todo los doctos y los santos y lo que tú has puesto en mi corazón.” Y volvió a sentir:

NO ME HAS AMADO


...