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sábado, 15 de mayo de 2010

De La Nieve Soy

Frío claro, seco, con luz blanca, pura, y una capa gruesa de nieve que cubría todo. Así eran los días de su juventud. Los que más añoraba. Los que más le dolían cuando pensaba que no los volvería a ver. En algún lugar del mundo aún había días así. En su tierra, en aquel mismo momento, a lo mejor hacía un día así. Santos hubiera dado la poca vida que le quedaba por estar allí y vivir un día más de aquello. De los días de verdad. Pero le había tocado morir en una playa del Caribe con un calor asfixiante y un sol que quemaba y un cielo azul borroso que le cegaba la vista, y con los pulmones llenos de agua y arena y aire caliente.

“¿Hoy no lo toma con miel, Don Santos?”

“Pues no, Johnny, hoy no tengo ganas de adornos. Que venga solo y fresco.” Resopló de forma dramática, como quien justifica su elección mecánicamente.

“Como Dios lo hizo, Don Santos, y nada más.” El camarero hablaba por hablar. Santos no era un cliente más; habían compartido tanto tiempo y tantas experiencias dulces y amargas que tenía un tono especial para él, pero daba la razón a todos, dijeran lo que dijeran, y tenía el mismo interés en lo que tomaba Santos como éste había puesto en elegirlo. Los dos cumplían normas, hacían su papel.

Johnny llamaba de Don a todos los habituales de cierta edad. Cuanto mejor los conocía cuanto más formal el trato. Así se evitaban las confianzas y se cobraba mejor. Sólo dejaba a cuenta a los que siempre pagaban, y sólo invitaba cuando sabía que el cliente se iba a marchar irremediablemente. Era el mejor amigo de todos.

“Hace mucho calor, Johnny. Pronto tendré que irme a casa. no lo soporto.”

“¿No se baña, Don Santos? Doña Ana le llevaba al agua cuando se le ponía la cara así, y hacía muy bien. Por eso la tenemos aquí tan cerca.” Johnny siempre tenía vasos que limpiar, por muy vacío que estuviese el chiringuito, quizá por la forma tan lenta e intensa que tenía de pasar el trapo, y así no tuvo que mirarle a la cara a nadie salvo para recordar las deudas.

“No me gusta bañarme, Johnny. Nunca me ha gustado, lo hacía por ella.”

“Y le sentaba bien, Don Santos, no me diga que no.”

“Pero ya no es lo mismo, Johnny. ¿Para qué me quiero sentir bien?”

“Para no sentirse mal, tal vez. Mucha gente lo hace.”

Hacía treinta años que había conocido a Ana y se había enamorado. Locamente. Ella había insistido en que dejara de trabajar. Le importó poco a Santos. Tenía poca ambición. Pero Ana había querido ir a una playa caribeña, y vivir un verano interminable. Había perdido a sus padres y encontrado al amor de su vida, y tenía medios para realizar su sueño. Santos no tenía familia pero la idea de canjear Helsinki, a donde había llegado en su búsqueda del invierno perfecto, y donde estaba Ana de paso cuando se conocieron, por el calor eterno de este lugar tropical le repugnaba.

Aceptó, por amor, y a pesar de lo que sufrió no se arrepintió de hacerla feliz. Una vez al año, en enero o febrero, pasaban quince días en Canada o el norte de Europa, y una vez en los montes del Tíbet y Santos revivía mientras su mujer tiritaba, pero siempre volvieron a su casa de la playa, y a Santos no le importaba.

Pero hacía diez años que la salud de Ana no les dejaba viajar más que unos kilómetros hacia el interior hasta que la humedad y los mosquitos les paraban, y hacía cinco que Ana había fallecido, dejándole a su marido sólo en el mundo, con medios para ir a donde quisiera y un cuerpo desgastado que no se lo permitía.

“Hay amores que matan, Johnny, sabes que lo dicen en mi tierra. El sol la secó y el agua la mató. Con lo que amaba ambas cosas.”

“Perdone que lo diga, Don Santos, pero el agua le ahorró mucho sufrimiento. Hay que tenerlo en cuenta. Fue una bendición.” El camarero estaba restregando la otra punta de la barra, mirando el horizonte, y sus últimas palabras casi se las lleva la brisa.

“¿Lo comprendes, verdad, Johnny? Muchos no lo harían. Murió arropada por lo que más quería. Y no se enteró. Prometo que no. Mejor así, ¿verdad? Mejor así que tenerla y verla quedarse poco a poco en nada. Prefiero que fuera así.”

“Hace Vd. muy bien, Don Santos. No lo dude.”

“Pero no puedo volver al agua. Me hace pensar muchas cosas. Además, ya es tarde para que me socorra el agua. Me va a tocar esperar. Lo que Dios quiera.” También dirigió la vista hacia el mar, mirando sin ver.

“¿A qué estamos, Johnny? ¿Al 31?. Mañana, en alguna parte, comienza otro año. Aquí no. Aquí ya no cambia nada, ¿verdad?, Johnny. ¿Sabes que en mi tierra ahora está nevando, y sopla un viento del norte que te corta la cara? Qué tiempos.”

“Y ¿cuál es su tierra, Don Santos?”

“Soy del hielo, Johnny, de la nieve y el frío. Me crié entre peñas blancas y cielos tordos. El sol era una cosa que creábamos con el alma, y era más bonito que éste. El de aquí no se puede ni mirar. ¿Quién sabe si es bello o no? Sólo aflige.”

“A mucha gente le gusta, Don Santos. ¿Se ha fijado Vd?”

“Mucha gente sólo sabe sufrir, Johnny. Sólo sabe morir. Yo he sabido vivir, no lo olvides. Pero ahora soy viejo, Johnny. Viejo y débil, y no tiene remedio ya.”

“Todo esto, Don Santos, todo aquello, ¿ha merecido la pena?”

“Creo que sí, Johnny. Me gustaría creer que sí.”

sábado, 23 de enero de 2010

El Rata

"Una vez fue humano, y ahora era dueño de unos metros cuadrados de un túnel bajo las calles de Londres. Era suyo porque no lo quería nadie. La estación más cercana había cerrado antes de que naciera y años después habían sellado el túnel para que no se inundara. El sellado falló, pero el agua no quiso entrar y se convirtió en el refugio de uno que no podía tener otra cosa. Su vida, que antes había carecido de propósito, se llenó de la preocupación de defender su casa de los que se la querían quitar. No sabía quienes eran, ni porque la iban a querer, pero temía, y desesperaba, y pasaba gran parte de su vida escuchando.

El que escuchaba no tenía nombre, si por eso se entiende identidad. Él no pensaba en qué era, y los demás no lo veían nunca. No se escondía exactamente, pero su casa, lo que había convertido en casa, estaba tan oscura y apartada que era rarísimo que nadie penetrase hasta allí.

...

No sabía donde estaba, no era capaz de ubicar su mundo en el mundo de los demás que una vez había conocido. No sabía que la calle donde vivía, bajo la que vivía, se llamaba Curtis Grove, ni que la estación que la había servido setenta años antes era un restaurante indio de cierto renombre. Salía de madrugada a recoger y guardar las sobras que tiraban cada noche en un callejón oscuro, sin saber que compartía mantel con actores y periodistas y políticos, y mucha gente más anónima pero muy variada, y de saberlo no habría comprendido la importancia ni del hecho ni de la gente.

...

Cuando encontraba botellas- no siempre las tiraban allí,-juntaba las gotas restantes de todas en una de ellas y así se daba el gusto de un trago de vino o coñac para calentar sus entrañas. Agua se filtraba constantemente por el techo del túnel y sabía donde ponerse para recoger un hilo amargo con la lengua. La sed le atormentaba siempre, y el agua no la aliviaba, así que sólo bebía cuando se le ocurrió hacerlo, como una rata en su jaula.

Escuchaba porque había qué oír. A la oscuridad no la acompañaba el silencio.

Muchos de los sonidos le eran familiares- le acompañaban casi siempre, eran la banda sonora de su existencia, de su paso por el mundo que no se podía llamar vida, si vivir es ser consciente de lo que es y lo que puede ser, sentir lo bueno y lo malo, aspirar a más, soñar y reír, tener ganas espontáneas de conocer lo que se percibe y experimenta. Nada de esto ocurría en la cabeza ni el corazón del hombre. Sólo existía.

No le gustaban los ruidos, por muy familiares que fueran, y por mucho que conociera su procedencia y supiera que no representaba ningún peligro. No razonaba y todo lo que existía, dentro y fuera de sí, le afectaba y por eso le daba miedo. Sin control alguno sobre el mundo, ni siquiera sobre la pequeña parte que le dejaban habitar porque no la quería nadie, ni siquiera, ni siquiera sobre su propio cuerpo o su propia mente, todo lo que hacía el mundo podía suponerle algún peligro. Sólo la oscuridad y el silencio le tranquilizaban, porque no eran nada.

Sonaba constantemente el correteo de las ratas y las cucarachas, el mordisquear de innumerables criaturas pequeñas que vivían como él, cubiertas de inmundicia y nutriéndose de los despojos que rechazaban los que viven por derecho propio. Como estas, no analizaba su existencia, la aceptaba porque era así. No se planteaba otra cosa, y no se planteaba el no existir. Si su existencia parecía no merecer la pena, es poco probable que fuera capaz de concebir y contemplar su propia mortalidad. El miedo que sentía, un pavor constante, tenía que ver con su ser, no su posible no-ser.

No sentía ningún tipo de compañerismo con las criaturas que compartían su mundo, no eran amigos para él. En sí no eran enemigos tampoco, pero cuando se movían él no sabía qué pretendían, qué le podían hacer si quisieran. Estaban, y no le gustaba.

El agua que le sostenía llegaba filtrada por la roca que le protegía; buscaba grietas y se colaba por ellas, siguiendo unas normas consagradas por ser más viejas que el mundo, y tronaba su gotear e insidiaba su fluir. Caía sobre el duro suelo y las zonas de telas y trapos y basura y comida podrida que aún no se habían llevado las ratas. Y penetraba eternamente en el oído del hombre y le angustiaba.

Cuando caminaba las botas que llevaban media vida en sus pies hacían ruidos sordos que como todo retumbaban en el túnel, y que no podía acallar. Procuraba moverse con cuidado y pisar con suavidad pero le molestaba y decepcionaba siempre la agresión sensoria que tenía que sufrir al desplazarse. Lo hacía con una torpeza que le llevaba a rastrear las suelas contra el cemento y chocar con las puntas con todo lo que había cerca de su camino. Nunca sabía dónde estaba nada, dónde había dejado la comida, los trapos, los trastos y demás objetos que bajaba a su guarida, por dónde quedaban los otros túneles, dónde estaba el borde del andén, el límite de su mundo, qué había en los viejos raíles, donde no bajaba nunca. No sabía que las vías ya no estaban, que se arrancaron para las fábricas de armas durante la guerra, pero apenas era consciente de qué había sido el lugar que era su casa y no se imaginaba raíles, sólo sabía que existía un borde y que se podía caer. Tropezaba con todo, se daba golpes en la cabeza y se los volvía a dar porque no se acordaba de dónde se había dado, encontraba cosas que creía perdidas y se olvidaba al momento de dónde estaban y hasta de que una vez las había tenido. Localizaba el agua por el toc, toc, del goteo, o por sentir su humedad. Lo único que situaba siempre era la salida a la calle, que quedó grabada en su mermada memoria por una rareza de esas que gasta la mente humana.

...

No buscaba paz exactamente, a pesar de ser consciente de que no la tenía. No era capaz de imaginar que las cosas fueran de otra manera, sólo sabía que no le gustaba como eran. No le gustaba casi nada de las circunstancias de su existencia, pero había perdido la facultad de aspirar; sólo sabía sufrir.

Habituado a todo, lo aceptaba todo, su único placer el sentirse dueño de su porción de túnel.

Y se lo querían arrebatar. Estaba convencido de esto por el tren que a veces pasaba, veloz y ruidoso, llenando el túnel de luces que le desorientaban y corrientes que levantaban todos los restos de vida que tenía a su lado y los hacían saltar y girar, hasta que el trepidante claqueteo se perdía a la vuelta de la lejana curva. Pasaba el tren, a veces cada muchos días, a veces cada pocos, a cualquier hora, normalmente cuando tenía gran deseo de refugiarse en el sueño y no podía, y la ansiedad se apoderaba de él más fuerte. Nunca paraba, y en el andén no lo esperaba nadie, pero lo interpretaba como señal de que no le concedían título pleno sobre su casa; el tren pasaba para advertirle que aún podían hacerlo si querían.

Era siempre el mismo tren; siempre de seis vagones, con una pintada, más bien un garabato grande, en el lateral del segundo que le recordaba, no sabía por qué, los rasgos de la cara de su madre, que sólo tenía existencia ya en la mente de su hijo, y sólo en aquellos instantes. Las luces del quinto vagón estaban fundidas, a pesar de lo cual viajaba en él siempre un hombre gris de mediana edad, que observaba ansioso las puertas como si temiera que entrara otro. El maquinista llevaba una gorra bordado en oro como un capitán de marina, y era gordo y no sonreía.

Todo estos detalles divisaba el hombre al pasar el tren, lo veía todo con claridad y nunca cambiaba nada. Y en el cuarto vagón el mismo hombre estrangulaba eternamente a la misma mujer, contemplado por dos chicas jóvenes cuyas caras registraban algo entre horror y placer. Le desconcertaban más las expresiones de las chicas que la suerte de la mujer; sentía que el horror era para él, y el goce para el acto que presenciaban. Cuando el tren se alejaba tomando la curva se oía siempre el mismo grito, alto, roto, lleno de terror, y no sabía si una de las chicas reaccionaba al crimen o si la mujer se había librado momentáneamente de las manos que la sujetaban..."

lunes, 28 de diciembre de 2009

Bigthan y Teresh han muerto

Una historia desconocida del pasado de Ciudad Real:

‘Bigthan y Teresh han muerto,’ anunció el cronista, más que nada porque se aburría. En un pequeño bar del centro, tipo cueva, donde se reunían mucho porque se comía bien, no se hablaba de nada en particular. El cotilleo no estaba al nivel habitual y la gente no tenía la chispa de siempre para la frase graciosa, la anécdota, el puyazo. Hay noches así.

...

‘Bigthan y Teresh han muerto.’

‘Anda la leche,’ comentó María Salvadora

‘¿Y eso es bueno o malo?’ preguntó la Pócimas.

‘Ya que me estaba recuperando de lo de Elvis…’ dijo Ildefonso con aire distraído, mirando hacia la esquina donde el barman se entretenía cortando jamón que nadie había pedido.

‘¿Quiénes eran éeesos?’ se podía contar con la Prudencia para tomar la frase en serio. También sentía aburrimiento y buscaba estímulo.

‘Pué, tienen un monumento en la Plaza de Santiago.’ Con la Flor no se contaba en este tipo de conversación, ya que apreciaciones irrelevantes y despistadas no solían aportar mucho, por muy graciosas que resultaban. El cronista se quedó muy sorprendido, y en esto no estaba solo.

‘¡Qué monumento ni que leches! Estás pensando en otras personas, Flor. Ni sabes quienes son’ ‘Claro que lo sé, Salva, ¿te crees que no prestaba atención en clase? Bueno, no mucha, pero eso se me quedó grabado. Nos llevaron a verlo y tó.’

‘Y, ¿Quiénes eran, entonces? ¿De qué habla éste?’

‘Pero, bueno. ¿Están muertos o no?’ ‘Que síi. Lo que no sabemos es quiénes son y de qué han muerto y eso.’

La Flor continuó su narrativa, inventándose los detalles que no le venían directamente a la memoria. ‘Mira, eran dos que querían matar a Fernando de Aragón, y les pillaron y les colgaron.’

‘No recuerdo a nadie que intentase matar a Fernando,’ observó la Prudencia, que sabía bastante de la época. Le estaba costando situarse.

‘Seguro que un montón de gente. Pero estos eran moros, y después de echar a los demás moros, se convirtieron, y luego Fernando quiso también echar a los judíos. ¿Estamos?’

Resultó que estaban. Por lo menos seguían la historia, aunque alguno no parecía muy convencido.

‘Pué estos dos se opusieron a matar a los judíos e iban a matar al rey para que no matara a los judíos.’

‘Y ¿por qué les importaban los judíos?’ la Prudencia se dejó llevar por su sentido de la lógica.

‘Porque eran médicos o filósofos o algo así. La política no iba con ellos. Y había una chica por medio, una joven judía, y los dos estaban enamorados de ella. Se llamaba… no me acuerdo…’ ‘¿Esther?’ dijo el cronista sotto voce. ‘No, no creo que se llamara así, pero bueno, el caso es que había una chica judía y estos dos moros que ya no eran moros querían evitar que le mataran a ella y a los demás judíos.’

‘Ya. Un lío de faldas. Ahora está más claro. Para eso no hace falta ser filósofo.’ ‘Ilde, es que no comprendes. Su amor era de un grado superior, espiiriituaal, filosofal.’ La Flor movía sus manos lentamente delante de su pecho como si acariciara una bola de cristal. ‘Tenía pUrEzA y vERdAd dramÁtica. Era otra cosa, vamos. Así que lo que pasó es que estaban en esto, confabulando como locos contra la vida del Rey, y resulta que el padre de la chica que era realmente su tío, se enteró de la historia, y se chivó al Rey.’

‘Un poco tonto, no, o ¿pretendía salvarse haciéndole la pelota a Fernando? Y ¿a dónde fue para hablar con él? ¿A Toledo? Mucho viaje para que no te dejen entrar o te tomen por loco. No sé yo.’ Ildefonso aún no había atraído la atención del camarero y no participaba del todo en el espíritu del relato.

‘Con un mensaje secreto a uno de la guardia real que era amigo suyo o algo así. Si no es tan difícil. Si dices que quieren matar al Rey te harán caso. Sobre todo el mismo Rey. Y no sabía que quería expulsar a los judíos, claro, sólo que un par de moros le querían matar a él. Y tampoco sabía que su sobrina-lo-que-sea estaba liada con los dos.’

‘Vamos, un desastre,’ sentenció María Salvadora, que aprovechó para llamar al camarero con una voz que atravesó el bar de lado a lado, abriéndose paso entre la gente, más que a codazos, a espadazos. Camareros en los cuatro bares más cercanos comenzaron mecánicamente a poner cañas.

...

En fin, siguió la Flor hablando. ‘Habían hecho un patíbulo muy grande con una horca muy alta para colgar a los judíos, bueno no a todos, a unos cuantos de los líderes para que los demás se asustasen y se largaran…’ ‘¿Dónde?’ ‘En la Plaza Mayor, ¿Dónde va a ser? Y el tonto del tío va y dice al Rey, que te van a matar Majestad, y le dice el Rey, quíen, y le dice el tío, pué estos dos y los cogió y los colgó en el patíbulo que era para los judíos. Y cuando supo que el tío era judío y los otros eran moros revenidos dijo vale, ya no mata a los judíos.’

‘Vale, Flor, pero, ¿no los echó igualmente?’ La Prudencia con el dato histórico. ‘Ah, ¿sí? Yo creía que eso era después. Bueno, así me lo contaron y en la vieja zona judía les han puesto un monumento.’

‘Nunca he visto nada y paso por allí un montón de veces.’ ‘Te lo acabas de inventar.’ ‘Te han engañado.’ ‘Que no hay monumento en esa plaza, coño, que allí entramos con la Virgen en Semana Santa y no nos estorba nada.’ El cronista también quiso saber dónde estaba escondido tal monumento, del que no tenía noticia.

‘En la Plaza de Santiago, en la pared en frente de la iglesia, en la casa, en una piedra o una tablilla o algo, lo pone.’

Y así es. La cuento novelada, y mi narradora no tiene bien todos los detalles, pero la historia pasó de esta manera, y el monumento está allí, tallado en una piedra del firme de la Plaza de Santiago.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Advocatus Domini Mei

Subido a la torre de su iglesia, Damián contempló la ciudad a sus pies y la tierra que se perdía en la lejanía hasta llegar al borde del mundo. Le interesaba el mundo que habitaba, con toda su belleza y su fealdad, pero le importaba poco. Su destino era el cielo. Era azul aquel día, casi blanco. Por eso subía allí cuando hacía bueno, para estar más cerca. No se creía, cuando lo pensaba a fondo, que estuviera más a la vista de Dios allí que abajo, no se creía que Dios le haría más caso por subir unas escalones, pero dar ciento trece pasos verticales para hablar con Dios cuando no tenía que hacerlo era una expresión más de su bondad, una prueba muy inmediata. Sí se imaginaba que le era más fácil centrarse en la tarea de enseñarle a Dios todo lo que hacía por Él, adelantándose al momento final, y evitando la necesidad de defender sus actos. Estaba dispuesto, incluso preparado, para responder a críticas cuando estuvieran cara a cara, pero era consciente de que le faltaba aún la perfección, y agradecía que el señor no tuviera turno de réplica.

...


Había ensayado tantas veces las frases que le salieron como quiso, a pesar de su pavor y estupor, a pesar de lo inesperado del ataque de Dios, a pesar de no saber a quién dirigirse, a

pesar de no manejar su cuerpo para hacer los gestos que había planeado. Sabía que había comenzado bien. Y volvió a sentir el pensamiento de Dios:

NO ME HAS AMADO

HAS DESPRECIADO MI CREACIÓN HAS ABORRECIDO MIS CRIATURAS EGOCÉNTRICO Y MISERABLE NO TE CONOZCO

“Señor, soy tu siervo fiel, tu hijo Damián que te ha servido toda la vida. Te he amado más que a mi mismo, sólo he buscado a ti. He renunciado a todos los placeres de la vida por tu causa. He hecho siempre lo que tú deseabas. He seguido en todo los doctos y los santos y lo que tú has puesto en mi corazón.” Y volvió a sentir:

NO ME HAS AMADO


...

martes, 3 de noviembre de 2009

La Cueva de Montesinos


Si te suena la Cueva de Montesinos, es que conoces bien el Quijote, o has estado en las Lagunas de Ruidera. La Cueva, donde el Caballero vive una mística noche de sueños, espíritus, visiones y vaticinios, que luego confesó era todo fruto de su imaginación, es real, conocido de Cervantes, y tiene una leyenda más antigua que el propio Quijote. Merlín supuestamente encantó la cueva y vivió allí, echando a una bruja que anteriormente la había utilizado. En esta cueva Durandarte entregó su corazón, para que le fuera arrancado y enviado a su amada.

Es una sima cárstica que baja hasta el nivel de las lagunas, en el fondo está el agua de La San Pedra. Pero el agua es lo de menos. La cueva se puede ver, pero la historia de la cueva se lee en el Quijote, y se escucha en boca de José, que lleva 30 años enseñándola, como antes lo hacía su padre.

Ninguna de estas fuentes es muy de fiar, dado que la descripción de Cervantes no se corresponde con la realidad, la del Caballero es pura fantasía, y la de José es el resultado de observar con detenimiento las rocas y la bóveda a lo largo de muchos años, y buscar conexiones entre el dibujo de los minerales y puntos de la novela, mezclado con un conocimiento imperfecto de la geología y la historia del sitio. Merece la pena oír la narrativa que construye, contada con paciencia, entusiasmo, y amor por un agujero oscuro y húmedo, pero que vibra a través de los siglos, no tanto por lo que es, sino por lo que otros han visto en él.

sábado, 11 de abril de 2009

After Hours


"El Centro Comercial había quedado en penumbra, convertido en cementerio de ilusiones, imposible de concebir como fuente de juguetes o libros o productos para embellecer una casa o planear un futuro; ya no ofrecía ropa nueva ni comida fresca ni nada que tuviera colores apetecibles y alegres. Pedro no estaba atrapado exactamente; estaba allí por su propia voluntad y conocía los caminos y pasillos muy bien. Girar a la izquierda allí delante, tres esquinas y otro giro, y estaría en la pequeña zona de cafeterías con sus luces y su gente; cien metros más y cruzaría el parquecillo y estaría en su casa, pero no se podía mover. No había dicho nada a la pandilla, nada concreto. Había dejado caer un comentario sobre una sorpresa para mañana. Se había visto rompiendo un cristal y cogiendo XBox para todos, saliendo tranquilamente con la mochila a cuestas mientras se acercaba la policía, tarde y desde la otra punta. Todo lo tenía calculado. Mas el silencio le chillaba. Por todas partes oía el chirrido de sirenas y el murmullo de las amenazas de chicos mayores y procuraba recordar sobre qué se había construido el Centro. Debajo ¿había una fosa común o unas casa romanas? Se lo habían contado en el colegio y no había prestado atención. De haber sido muertos habría escuchado, ¿no? No soplaba nada de aire, y aun así se movían papeles y hojas en el suelo un poco más allá del alcance de su vista. A eso sonaba, se decía. La alarma centelleaba como un faro acusador y cada golpe de luz le empujaba más lejos hasta encontrarse delante de una pequeña librería. ¿Sus amigos darían por bueno el botín si les llevara unos cuantos libros? En ese momento comenzó un ruido tremendo de la tienda de fotografía a la vuelta de la esquina. Las piernas, que querían sacarle de allí, le fallaron y se tumbó en el suelo llorando, a la espera de que vinieran a detenerle."